El Cuento

Publicado el ricardogonduq

En los años 1600… ¿O en 2018?

El racismo no se ha ido de Colombia. A pesar de una ley antidiscriminación que parece letra muerta, de discursos de inclusión y de estar mutando a una sociedad más progresista; la prohibición para que una empleada negra pueda meterse a la piscina de un edificio en Santa Marta y que la empleada de un restaurante en Bogotá tenga que trabajar escondida para que alguien de su color de piel no se vea; nos muestra que la Rebelión del Joe seguirá estando vigente.  

racismo

Por: Ricardo González Duque

En Twitter: @RicardoGonDuq

En la última semana se han conocido dos casos de racismo en Colombia, que nos han devuelto a la realidad de que por más hiperconectados que estemos, sigue habiendo un comportamiento de país dividido, de muchas naciones, con islotes regionales y étnicos que ni la Constitución del 91 pudieron unir.

El primer episodio fue el de Cristina Saldarriaga, la residente del conjunto Brisas del Lago en El Rodadero de Santa Marta, a quien le enviaron una carta en la que le señalaban que su niñera y otros empleados de servicio no podían usar la piscina. La antipática e inexplicable comunicación decía lo siguiente:

“Le comunico que las zonas comunes no podrán ser utilizadas por empleadas de servicios domésticos, niñeras, administradores de casas, obreros y empleados del conjunto. Por lo cual le recomendamos darle instrucciones a la niñera a su servicio, que solo debe cuidar del niño y no hacer uso de la piscina para bañarse.”

Cristina cuenta que aunque Julieta, la niñera de su hijo, es de raza negra, no está segura si están “camuflando” el racismo en la prohibición de los empleados del servicio. Lo que sí está claro es el debate moral casi cotidiano que nos plantea: que consideramos que hay personas de primera, segunda o tercera categoría. En el edificio samario, se hace mucho más evidente, quizá por unas raíces realistas españolas que no pudieron desterrarse fácilmente.

Es entendible, aunque no aceptable, que el apartheid se reedite en una ciudad “tradicional” como Santa Marta; sin embargo, en Bogotá, la ciudad cosmopolita y más progresista del país, ocurrió el segundo caso de racismo, que involucra a una mesera de la cadena de restaurantes Crepes and Waffles.

En una denuncia de 10 páginas presentada ante la Fiscalía, Eliz Marina Mosquera relata que sus superiores la humillaron específicamente por su color de piel, por lo que inició un proceso judicial amparada en la controvertida -para muchos- ley antidiscriminación, que prevé cárcel y multas para este tipo de actuaciones. Según el relato de Eliz, uno de sus jefes le decía que: “En toda la historia de Crepes and Waffles jamás había estado una persona de color en el salón”, razón por la cual no le permitían salir de la cocina.

denunciaeliz

“Esa gerente me miraba como cuando se huele algo muy desagrabable”, cuenta además ella sobre los comportamientos racistas de los que también fueron víctimas otras dos mujeres de raza negra, quienes también acompañan la denuncia.

Eliz Marina también reclama por actos de racismo de quienes iban a consumir al restaurante: “A ese punto asistían dos clientes frecuentes que no les gustaba que yo las atendiera por mi color de piel. No me recibían la carta, se expresaban mal de mí…” un comportamiento que da cuenta del sentimiento de superioridad que tienen unos sobre otros en Colombia.

Ese comportamiento que parece oculto, vergonzante y aparentemente no tan común, realmente no es inofensivo, pues es el que puede llevar a valorar más unas vidas que otras, o a quitarle el valor a la existencia del otro. Puede alimentar las razones de quienes recurren a la terriblemente llamada limpieza social, porque consideran que no es trascendental la muerte del otro.

Ante el caso de la ahora exempleada de Crepes and Waffles, a quien según su relato le terminaron el contrato por un supuesto robo de $3.900; el gerente comercial de la cadena, Rodrigo Cabrera, respondió que la empresa nunca ha incurrido, ni promovido, ni participado en actos racistas y que, por el contrario, su política es de inclusión y respaldo a mujeres jefes de hogar, entre ellas a afrodescendientes. No es muy difícil comprobar que en los restaurantes de Crepes sí hay mujeres afro en sus mostradores, como meseras y seguramente en las cocinas, por lo que el caso de Eliz probablemente no sea una política generalizada.

Sin embargo, eso no puede tapar el sol con un dedo, ni negar que en Colombia ha habido una especie de racismo estatal, representado en la corrupción y el atraso económico que deja a departamentos como Chocó con un índice de 37,1% de pobreza extrema. Al tiempo, hay un racismo cultural, que lleva a que como consecuencia de esa segregación económica, algunos sigan viendo al negro o la negra como el esclavo y el de quinta categoría.

Por esos comportamientos y a pesar de las constantes tensiones y la animadversión que muchos sienten por ella, es con la Constitución del 91 como hemos podido seguir cambiando esas ideas, la brecha tan extensa que increíblemente existe en las mentes de algunos que aún están en 1600 y creen que el mundo debe seguir igual en 2018.

UN PUNTO DE GIRO: A propósito del editorial en el que un sacerdote ‘sataniza’ a Gustavo Petro como candidato presidencial: Si pudiera votar y mañana fuera una hipotética segunda vuelta entre Petro y Alejandro Ordóñez, ¿A quién elegiría Jorge Mario Bergoglio? La respuesta está en los discursos de su visita a Colombia.

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