Desde el fogón

Publicado el Maritornes

La obligación de soñar

 

Tiene una amiga que quiso ser bailarina en una época en la que, en su país, serlo en el nivel requerido para pertenecer a una compañía internacional de ballet era casi imposible. Esta amiga nunca se mostró frustrada, ni dio señas de estarse estrellando contra ninguna pared por no haber podido realizar en grande lo que más hacía palpitar su corazón. No lo expresaba como su gran sueño (frustrado) porque, siendo de la época de Maritornes, veía el asunto de manera bastante más flexible y pragmática.

Bailó lo que pudo, donde pudo, y mientras simplemente vivía y cumplía las tareas que la vida le iba poniendo enfrente, seguía de cerca lo relacionado con el ballet. Y un día ella misma abrió una puerta que antes no había visto, y dedicó su vida a una fundación que enseña ballet a niños de escasos recursos. Uno de esos niños pasó la audición en una prestigiosa compañía europea, fue elegido como bailarín de planta y dio así el salto triple e inimaginable que separa de los escenarios alemanes un barrio marginado de ciudad. Ese es ahora no tanto el sueño sino el trabajo de la bailarina convertida en maestra y mecenas, luchar todos los días para que otros sean lo mejor de lo que pueden ser.

“Sueñen”, “Persigan sus sueños”, “Nunca se den por vencidos”, “¿Cuál es tu sueño?”, “Sigue soñando”, “El que persevera logra sus sueños”… por todas partes aparece la consigna —convertida en una fatigosa letanía de cajón—, en programas de realidad, en concursos, en cadenas de mensajes. Maritornes, que es de otra época, se pregunta en qué momento soñar dejó de ser un chispazo elusivo y cambiante —una especie de gracia reservada para pocos—, para volverse una orden inquebrantable e inmutable, un requisito sine qua non de la vida.

Los ríos cambian de cauce, la tierra gira en sentido contrario, las fortunas cambian, los padres se arruinan y las golondrinas se caen del cielo para que los hijos puedan cumplir sus sueños. Les hemos enseñado que es su única razón de vivir. Y además, pues los sueños se pueden cumplir, siempre y cuando los quieras lo suficiente y los luches lo suficiente. Esa es la convicción actual.

No todos, sin embargo, nacemos con un sueño tatuado en mayúsculas en la voluntad y plasmado en la retina en rutilantes letras de neón que anuncian la fama, el éxito, la plenitud y la satisfacción que se desprenden de ese único sueño grandioso y que serán supuestamente nuestros si tan solo no nos damos por vencidos y seguimos “creyendo”.

En otras épocas se podía dejar transcurrir un poco la vida, e ir viendo. No es, ni mucho menos, que a Maritornes le incomode que la gente tenga sueños, pero sí le inquieta cuán desdibujada está la posibilidad de tener varios sueños, entre los cuales cualquiera podría darle sentido a la vida; o la posibilidad de no tener ninguno, sin que tampoco eso dé al traste con la capacidad profunda de descubrir la fascinante incertidumbre de la experiencia humana.

Mientras contempla su fogón, que ya se enfría, piensa llena de admiración en su amiga, que se desprendió sin sentimentalismos de un camino imposible, para abrirles camino a otros. A veces, piensa, es más satisfactorio apropiarse del pequeño y cotidiano sueño de servir en el anonimato que perseguir, delirantes de voluntad y propósito, el rutilante  espejismo que, desde el lejano firmamento de lo inalcanzable, promete hacernos felices.

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