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De la paz a la teoría de Gustavo Petro

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Foto: Archivo El Espectador

Por: Jerónimo Carranza Bares

Aunque todos creíamos que Álvaro Uribe era veterinario empírico, pero su tarjeta profesional dice abogado de la Universidad de Antioquia, encontramos que el candidato de la Colombia Humana para las elecciones presidenciales de 2018, Gustavo Petro, no es legista de los que abundan en el Congreso y las asambleas, sino un economista graduado de la Universidad Externado de Colombia.

Petro se graduó de una de las primeras escuelas liberales de Bogotá, justo cuando se imponía la Constitución clerical de 1886. De acuerdo con su filosofía, el horizonte ético y conceptual de la Facultad de Economía del Externado se extiende sobre el paraguas del  pensamiento hegemónico. Su legado de publicaciones y cátedras de macroeconomía nos remite a la obra del Profesor Homero Cuevas (1947-2012), quien fue Decano y publicó decenas de libros y ensayos, entre 1976 y 2011.

La coherencia del pensamiento liberal se encuentra en la crítica del Neoliberalismo, la extensión de la escuela neoclásica contemporánea y doctrina impuesta en las universidades de prestigio o financieramente más poderosas. La formación de los egresados del Externado no sólo conoce de la microeconomía que se enseña sine qua non en la carrera, sino del marxismo y de la obra de John Keynes, que influye profundamente en nuestra vida.

Según dice la Enciclopedia Británica, John Maynard Keynes fue un matemático inglés, nacido en 1883 y quien ingresó en la Universidad de Cambridge para estudiar filosofía. El gobierno británico lo nombró delegado en la Conferencia de París de 1919 que estableció la rendición de Alemania en la Primera Guerra Mundial, una retaliación de los vencedores impuesta por medio del Tratado de Versalles.

Keynes advirtió que las sanciones sobre el pueblo alemán serían nefastas para Europa, previendo trágicamente el ascenso del nazismo. Escribió en 1919 “Las Consecuencias económicas de la Paz”, obra maestra del pensamiento y cuyas lecciones aprendió el presidente de los EEUU, Franklin Delano Roosevelt en la década de 1930. El líder de la Nación americana aplicó la teoría de Keynes sobre la demanda agregada para impulsar el consumo de la población desempleada por causa del desastre financiero de 1929.

Gracias al programa de obras públicas llamado The New Deal –El Nuevo Acuerdo-, el Imperio superó la ruina de sus fábricas y la miseria de los campos asolados por la falta de brazos y las constantes sequías. La inversión pública catapultó a los EEUU como la potencia de la producción mundial, y gracias a la fortaleza de este plan pudieron escapar por unas décadas de la deriva nazi. Inmigrantes por millones, trabajo, dinero, radios, autos.

En la década de 1970 se empezó a agotar la riqueza de los grandes industriales de Europa occidental y los EEUU. El margen de ganancia del capital llegó a un punto decreciente en comparación con los salarios y la inversión se concentró en el sector financiero y bursátil.

La teoría keyneseana de la economía cayó en desuso porque los flujos de capital necesarios para la infraestructura se condujeron al sector privado.

Se privatizaron las obras públicas, tales como carreteras, hospitales y teatros, así como los servicios y la seguridad social, bienes que hasta ese momento eran responsabilidad del Estado. De este modo, se liberó una enorme riqueza de la sociedad a la competencia del capitalismo, el cual no opera en libre competencia, tal como se repite de manera inocente.

La liberación de impuestos en favor de las multinacionales y de las tarifas al capital financiero, así como la falta de inversión en actividades productivas, llevaron a la crisis del modelo neoliberal en todo el mundo.

El auge de los negocios del dinero condujo a una espiral de ahorro que reventó en 2008, con la crisis global de la deuda más contundente desde el crack de 1929, y poco después de sentir el efecto tequila de 1994, así como la quiebra de los punto.com en 1999.

Alrededor de la bancarrota de los corredores de bolsa Lehman Brothers, la crisis aún perdura y sus efectos se relacionan con las guerras de Libia y Siria, al igual que con la agresividad del mercantilismo internacional.

Las consecuencias pueden ser más largas. Hoy en día, están en entredicho las posibilidades de que el bloque económico de la Unión Europea subsista, e incluso el riesgo de que los Estados Unidos se dividan es real, después de 150 de Unión Americana, por obra de la deuda financiera que asola a los Estados.

La alternativa no es un modelo socialista. Francamente, tal política ya existe en la infraestructura civil e instituciones que compartimos: es lo público, un concepto universal, aunque sepamos que la propiedad en Colombia ha sido expropiada por castas imperecederas de políticos que aún nos deben muchos avances de la humanidad.

Tras ser testigos del desmonte del modelo soviético a cambio de una Federación Rusa que se yergue entre Europa y Asia, o de los virajes hacia el capitalismo de los países comunistas del Partido Único, como China o Cuba, ya no es posible referirse a la democracia militar de Venezuela como ejemplo socialista.

Forzadas a economizar los recursos de la naturaleza, el consumo regulado de las naciones más organizadas será la pauta de la economía política del Siglo XXI.

Estrechados los márgenes de ganancia del capital, el paulatino viraje de la producción masiva de bajo costo y concentrada en las grandes ciudades de Asia a una racionalización del consumo de la sociedad globalizada, encuentra su base en la revolución internacional de la ecología como el clamor por el abandono de los combustibles que nos enferman y destruyen el planeta.

Gracias a la revolución tecnológica de la comunicación por internet nos podemos liberar de la servidumbre voluntaria del petróleo, así como de la piratería del oro y que juntas nos ofrecen las carencias de la política de desarrollo.

Así vemos el salto al vacío de la izquierda de Brasil para cuidar la naturaleza, que sacrificó el proyecto del futuro amazónico a cambio del abuso de un modelo de riqueza efímera.

La sorpresa surge hoy en día cuando un gobierno como el de Portugal pretende reactivar la economía por medio del subsidio estatal y lo logra, lo cual se explica por la ciega doctrina que reina desde hace cuarenta años.

En ese sentido la propuesta original de cualquier política adquiere fuerza porque se basa en la revisión de ese esquema improductivo del capital financiero. Podemos cuestionar el estilo de vida caníbal del nuevo orden mundial, donde falta tiempo para recapacitar sobre la catástrofe.

En una hora crítica, la teoría económica de Gustavo Petro está sintonizada con el auge de las nuevas democracias y la ruptura del orden hegemónico de la era industrial.  Las oportunidades del cambio son enormes, y como bien saben los economistas actuales, los riesgos son mayores.

 

 

 

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