ciudad MADE IN CHINA

Publicado el Juan Sebastian Herrera

¿Si la cultura no es medible, con qué criterio pedimos que sea prioritaria?

En las últimas semanas he visto una movilización social debido a los recortes que el Presupuesto General de la Nación traerá en 2018 para sectores como los deportes, ciencia – tecnología e innovación, entre otros.

De manera sobresaliente, la academia y la sociedad civil han rodeado a la CTeI con marchas, plantones, debates y hasta hashtags en Twitter, condenando que éste se encuentre en el puesto 28 entre los 30 que componen el PGN, y con toda la razón, anticipando que un país sin una inversión decidida al respecto, está condenado al mercado de materias primas y a la huída del capital humano que se está formando en las mejores universidades con la intención de aportar al desarrollo del país.

Contrario a lo anterior, aunque el sector cultura también sufrirá nuevos recortes –de hecho se encuentra hoy en el puesto 26 entre los mismos 30 sectores, es poca o casi nula la movilización que se hace para que el Ejecutivo entienda de una vez por todas que la cultura no solo es la que conserva lo que significa ser parte de un país como Colombia, sino que además, de acuerdo con datos del DANE, aporta el 3.3% del Producto Interno Bruto, cifra inclusive superior a la industria cafetera o a la extracción de carbón.

Para reforzar esta realidad y darse cuenta que el sector ha sido tradicionalmente una de las cenicientas de Palacio, basta con solo revisar las asignaciones en los últimos años y ver que en el periodo 2011 – 2017, la diferencia en miles de millones equivale sólo al 9.9%*.

Histórico, sector cultura en PGN.
Histórico, sector cultura en PGN.

Ahora bien, la semana pasada el Ministerio de Cultura cumplió sus primeros veinte años de trabajo en las regiones, y debo agregar aunque quizá les suene lambón, de la mano de las comunidades. Tal y como lo expresó Ernesto Samper en su cuenta de Twitter, “(…) el Ministerio fue creado para darle peso político a la cultura y sentarla en el consejo de Ministros”, hecho que no sólo transformó a Colcultura en Ministerio, sino que a través de la Ley General de Cultura, proveyó al sector con un engranaje jurídico para algo que hasta ese momento era desconocido, la política cultural.

Mientras construía un diagnóstico del sector a partir de diversas fuentes como charlas con expertos, investigaciones, indicadores e informes de gestión, quise entender -así sea muy inicialmente, los motivos por los cuales muchos políticos ven al quehacer cultural como un ocio estéril que poco o nada aporta a aquellas tareas ‘duras’ de cualquier agenda política, como lo son el crecimiento económico, el empleo o las relaciones internacionales.

Lo primero que encontré fue un vacío de datos e indicadores que impiden hacerle un seguimiento efectivo al impacto de la inversión en materia cultural, ya sea dentro del mismo sector o como externalidades en terceros. Si bien al día de hoy es fácil saber que el país tiene 100% de cobertura en bibliotecas públicas, o que en 2016 la cantidad de asistentes a cine aumentó 4,48%, pasando de 58,81 a 61,44 millones; en artes el escenario es dramático. No existe un mecanismo que permita demostrar de qué manera las dotaciones de instrumentos musicales o los procesos de formación se traducen en un valor social específico para las comunidades focalizadas, y si estos, por ejemplo, trascienden a emprendimientos culturales.

Así mismo, gracias a mis conversaciones, deduje que a raíz de la dificultad para medir y demostrar ese aporte social de la cultura, muchos ‘practitioners’ se marginan a pedirle al Gobierno que garantice el acceso a ella bajo la premisa de que todo en cuanto a cultura es bueno, evitando así una discusión sobre dónde estaría el valor agregado de, por ejemplo, entender que en departamentos con población predominantemente étnica, es necesario ofrecer servicios básicos en lenguas nativas, en vez del castellano como hoy sucede.

Considero que si bien es cierta la gran dificultad de cuantificar el aporte de la cultura, un primer ejercicio sería establecer con la mayor precisión posible aquellos vínculos entre lo cultural y otros sectores. Es decir, que así como cuando se inaugura una biblioteca y posteriormente se anuncia que los índices de delincuencia bajaron, tiene que ser posible hacer correlaciones, por ejemplo, entre la promoción de oficios tradicionales y la permanencia de los habitantes en sus territorios, ante presiones económicas como el turismo o la especulación inmobiliaria en centros históricos.

En otro extremo, se me hace dramático el divorcio entre disciplinas de las ciencias sociales como la antropología (la más vinculada con lo cultural) y la economía. Investigaciones sobre la cantidad de citaciones desde estas disciplinas a otras, demuestran que solemos encontrar explicaciones de manera endógena, lo cual induce un vacío en el discurso que debilita las posibilidades para demostrar justamente ese valor social, y que hace paradójico que la cultura se piense como transversal, aunque solitaria.

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Si bien no soy economista, esta disciplina me ha brindado algunas herramientas valiosas recientemente. Por ejemplo, sería importante que en torno a la valoración económica de nuestro capital cultural, desarrollemos procedimientos para medir valores de uso directo, uso indirecto, uso inducido o no-uso de los mismos. Miles de emprendimientos, gestores culturales y población que ve en este legado su mejor oportunidad de cara al futuro, tendría herramientas más robustas para hacer del desarrollo desde la cultura una oportunidad realmente próspera.

Como leen, estamos ante un reto de marca mayor pero que ha comenzado a despertar importantes iniciativas. La academia está haciendo sus apuestas y ha creado programas de estudios superiores que exploran de manera explícita el vínculo entre cultura y desarrollo, y el DANE poco a poco fortalece su Cuenta Satélite de Cultura, aunque aún solo enfocada en la industria creativa.

Quiero terminar proponiéndoles que hagamos del tema cultural uno relevante en las próximas elecciones presidenciales. Pidámosle a los candidatos que tomen una postura seria en el crecimiento del sector, y por lo pronto, hagamos nosotros algo de ruido al respecto, una que otra conversación con sus colegas o amigos no caería para nada mal.

*Considerando solo las asignaciones de 2011 y 2017.

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