Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Respetarse a sí mismo y honestidad

Más fácil es empezar por definir lo que significa respetar a los demás. Independientemente del valor que le adjudiquemos al otro, por distintas circunstancias que puedan estar involucradas en esto, no lo tratamos como no nos gustaría ser tratados (utópico sería que en una sociedad todos valiéramos lo mismo, pero no, porque desafortunadamente los seres humanos somos biológicamente jerárquicos y tenemos que luchar con la razón para dejar a un lado esta odiosa característica). La famosa regla de oro que dice “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” es la más perfecta forma de respeto, de un respeto que nace de la compasión. La compasión es ser capaces de ponernos en los zapatos del otro y saber cómo siente. Cuando hacemos al otro lo que quisiéramos que otros nos hicieran estamos hablamos de afecto y de amor. El respeto al otro es aplicar la regla de oro y la compasión. El que respeta no abusa ni saca ventajas del prójimo ni de sus debilidades ni de sus fortalezas. El que respeta incluye al otro, le ofrece un espacio, lo oye y lo evalúa, sin premura ni prejuicios. El respeto utiliza la razón y la persuasión, no utiliza el enojo, ni amedrenta, no se vale de la coerción ni de la imposición.

Apliquemos estos conceptos al respeto por nosotros mismos. Me respeto cuando no abuso de mí (en juicios extremos, en exigencias absurdas, en autocríticas destructivas, aplicando ni austeridad ni exceso a los placeres o deberes de la vida), ni dejo que otros abusen de mí. Me respeto cuando he aceptado la responsabilidad de mis actos y espero sus consecuencias, para bien y para mal; y por eso no grito y ni maldigo por las injusticias, cuando estas son directas consecuencias de mis actos. Me respeto cuando soy honesto, ante todo conmigo mismo, y soy honesto con los demás. Honestidad con uno mismo es reconocer nuestros defectos y cualidades, la realidad y verdad detrás de los actos; y respeto es aceptarlos y afrontar lo que somos, sin engaños. El que se respeta asume también las consecuencias de sus defectos y debilidades y no hace culpables a los demás de estas. Conocernos es muy difícil, nos obliga a discernir entre nuestros propios pensamientos, separando los que son producto del deseo, de aquellos que se derivan de la lógica y la razón.

El que se respeta le da valor a sus ideas, a sus emociones y a sus sentimientos. El que se respeta ha gastado tiempo en sí mismo para conocerse y para reconocer qué cosas le importan verdaderamente, y poder ir tras ellas. El que se respeta defiende su espacio y su tiempo. Sabe gozar de su propia compañía, sabe estar solo y no desperdicia su vida en demasiados y banales contactos con el mundo.

El respeto propio se superpone a la aprobación, al éxito, a la fama; tres factores que dependen de los demás, no de uno mismo. El que se respeta no está pendiente ni del aplauso ni de la rechifla; medidas que conciernen a los otros; no espera la aprobación de nadie pues esta no valida sus acciones. El que se respeta defiende sus intereses, pero no los impone. Sabe reconocer y librarse de las modas que son para sí mismo dañinas o empobrecedoras.

El que se respeta reconoce a los amigos y a los enemigos y los enfrenta limpiamente. No se apabulla ante el otro porque este ocupe un puesto jerárquico más alto, pues el que se respeta busca la verdad y la justicia; y “la verdad es la verdad lo diga Agamenón o su porquero”. El que se respeta no asiente con la cabeza cuando piensa que el otro está equivocado, ni permite que una injusticia hacia otros ocurra en su presencia. Ante todo, quien se respeta reconoce sus errores y sabe pedir perdón.

El que se respeta reconoce sus límites y sabe pedir ayuda; no se disminuye por no saber lo que todos parecen saber. El que se respeta no mendiga ni amor ni aprobación, no engaña y trata de no dejarse engañar, no vende su libertad ni su tranquilidad, no acepta relaciones de amor sin amor, no acepta relaciones de amor sin equilibrio, respeto y justicia. Como lo dijo Margarita Rosa de Francisco en una de sus recientes columnas aconsejando a las mujeres: “Yo me arrepiento de no haberme arriesgado más temprano a corroborar mi verdadero valor como persona y como mujer”.

Respetarse exige coraje. La cobardía es la causa principal que nos lleva a irrespetarnos. El respeto por sí mismo es algo que se aprende, entrena y perfecciona.

Respetar a los demás y a sí mismo es una muestra de civilización, de educación, de dominación de los instintos. La ley de la naturaleza nos manda a sobrevivir y dejar descendientes haciendo todo lo que sea necesario, moral o inmoral, para conseguirlo. Nos lleva a morder antes de ser mordidos. Por suerte, además de tener semejantes instintos, también nos acompañan los ángeles de la razón. Con su práctica, somos capaces de ir en contra de los dictámenes de la biología, para ser más justos, no solo con los congéneres, sino con las demás especies. Suena imposible, pero vale la pena intentarlo.

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