Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

La familia: el ingrediente de la felicidad y de la longevidad

En las sociedades del tercer mundo la vida es más ardua, más pobre, más dura que en el primer mundo, pero, al mismo tiempo, es más compartida, más amorosa, y en muchos casos más feliz. Como estas sociedades están organizadas de una manera distinta de la europea o norteamericana, los hijos no se van de la casa a los 17 años y para siempre, sino que se quedan viviendo con los padres hasta más tarde. Con el pasar de los años, los lazos que vinculan a esos hijos que se han ido desde muy jóvenes, con sus familiares, se van debilitando hasta romperse. Padre y madre terminan solos. Y hay que agregar que al morir uno de los cónyuges, la soledad se convierte en total y, de cierta manera, en mortífera.

En el primer mundo, las personas están “casadas”, metafóricamente, con el Estado. El individualismo es la norma, pues es el Estado el que va a proteger, jubilar y cuidar al sujeto cuando llegue a viejo; por supuesto, de una manera impersonal, pero lo hará. En esa medida los miembros de la familia se despreocupan por el presente y el futuro de sus familiares. No deja de ser misterioso que el progreso económico en las sociedades esté correlacionado con una mayor soledad de sus individuos.

Un tercio de los norteamericanos mayores de 65 años y la mitad de los mayores de 85 años viven solos. Desde la década de 1980 hasta ahora la soledad se ha duplicado, ha pasado de ser del 20% al 40%.  No importa que gracias a Internet podamos conversar y ver a nuestros amigos y familiares, no es suficiente para el bienestar y la felicidad. La presencia física, la relación cara a cara, el tocarnos y el compartir tiempo y actividades es lo que trae bienestar, seguridad y longevidad. Así nos lo asegura la sicóloga Susan Pinker en su libro El efecto pueblo. Cómo el contacto cara a cara nos hace más saludables, felices e inteligentes. (The Village Effect: How Face-to-Face Contact Can Make Us Healthier, Happier, and Smarter). Pinker, después de estudiar el asunto, al tiempo que viaja por el mundo para investigar casos concretos, nos advierte de la importancia de mantener estrechos vínculos sociales y tiempo ininterrumpido con nuestros amigos y familiares para prosperar e incluso para sobrevivir.

No olvidemos que en la historia de la evolución humana, la condición “normal” era vivir en una tribu de aproximadamente 150 personas. Las disputas y separaciones no implicaban la pérdida del amor ni el aislamiento que hoy involucran, pues seguíamos, ya fuera peleados o amigos, rodeados todos por los miembros de la tribu. Los hijos de padres en conflicto no tenían que escoger con cuál de ellos vivir; nunca perdían ni al uno ni al otro; además, podían contar con la proximidad de tías, hermanos, primos y abuelos. Esas fueron y siguen siendo las condiciones normales para nuestra sicología. Ahora las condiciones externas han cambiado, no las internas, ni nuestras necesidades afectivas, pues estas siguen siendo las mismas. Hemos perdido algo positivo, ahora somos afectivamente menos afortunados, nos hemos ido quedando más solos.

Se ha estudiado que sentirse aislado aumenta el riesgo de cardiopatías en un 29% y el riesgo de sufrir un infarto en un 32%. En otro análisis, que agrupó datos de 70 estudios con 3,4 millones de personas, se vio que el aislamiento social aumenta en un 30% el riesgo de muerte en los siguientes siete años, sobre todo, en aquellos de mediana edad. En un estudio realizado en la Universidad de Harvard durante 75 años: Desarrollo de adultos de Harvard, se rastreó la vida de 724 personas, y se llegó a la conclusión de que la soledad mata. Tener fuertes vínculos sociales y familiares, y relaciones buenas y cálidas nos hace más felices y saludables. Se vio que vivir en relaciones conflictivas es malo para la salud. Más que necesitar una pareja, necesitamos sentirnos miembros de una comunidad que nos valora, que nos permite cooperar y que nos reafirma nuestro valor para ella.

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