Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

El gusto en la evaluación de las imágenes del arte

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Tomás de Aquino. Obra del artista antioqueño David Arias

“Entre gustos no hay disgustos” es una frase que implícitamente asegura que el gusto es un asunto caprichoso, libre, que no depende de nada; que con la misma facilidad algo nos gusta o nos choca, lo cual no es cierto.

No es cierto, pues los seres humanos no somos tan distintos como a veces creemos. El cerebro humano responde con fuerza a ciertas configuraciones, no a todas, y aunque hay variables del gusto, y aspectos como el estatus y el costo, que pueden modificar las tendencias naturales y hacernos desear y gozar cosas bastante extrañas, también es verdad que existen universales del gusto.

Los universales humanos (Brown, Donald E., 1991, Human Universals) se refieren a distintos aspectos de la cultura, del comportamiento, de los sentimientos y emociones y del lenguaje, que se presentan en todas las sociedades, no importa lo distantes que estén en el tiempo o el espacio. Por ejemplo, todas las sociedades tienen estructuras jerárquicas y división de roles y de trabajo; y, lo que es pertinente aquí (por la relación entre belleza y obra de arte), todas las sociedades humanas poseen un concepto de la belleza, incluso con un vocabulario y una tradición de argumentos sobre esta. Y no importa a cuál cultura se pertenezca, la experiencia de la belleza activa la producción de dopamina, endorfinas y encefalinas en el cerebro. La experiencia de la belleza produce una respuesta afectiva inmediata, intuitiva, creativa y fuerte. La fuerza con la que la experimentamos es indicadora de la importancia que tiene la sensación en nuestra historia evolutiva.

La historia de las obras maestras aporta (sin que todavía se hayan estudiado a fondo los aspectos que tienen en común) una selección de imágenes que gustan independientemente de la moda; precisamente, sobreviven a estas y a los gustos locales y temporales. El impacto que producen aporta un asombroso grado de unanimidad, aunque no ocurre con las explicaciones del porqué lo producen. Es grande el consenso de que las obras maestras coinciden en generar un conjunto de emociones profundas y complejas en la mayoría de los que se les aproximan.

Dice Kenneth Clark de las obras maestras (en su libro ¿Qué es una obra maestra?) que estas llenan nuestra imaginación no solo por lo que describen y la forma en que lo hacen, sino también porque a punta de ensayos y errores, dentro de la tradición en la cual se enmarcan, han llegado a un resultado óptimo, inmejorable, dentro de su estilo. Dice, también, que estas generan una confluencia de recuerdos y emociones que conforman una idea única; que producen felicidad; que contienen verdades acerca de la naturaleza humana y sus preferencias; que contienen, no “el espesor de un hombre, sino el espesor de muchos hombres”; que elevan la imaginación a un estado poético, que demuestran un dominio absoluto de la técnica de quien las ejecutó; que se refieren a las cosas que tienen importancia para nuestras vidas; que cuidan los detalles. Para Kenneth Clark, Caravaggio fue un pintor de obras maestras, pues no solo cada uno de sus cuadros es impactante, como un puñetazo en la boca del estómago, sino que, después de sobreponerse al impacto, se puede apreciar que su maestría se ha sostenido, abarcando hasta los más ínfimos detalles.

Pero no solo las obras de arte dan fe de que el gusto no es un asunto completamente caprichoso. Los expertos diseñadores de videojuegos han ido descubriendo, y las ventas y la audiencia lo revelan, lo que los jóvenes encuentran más interesante y atractivo. Los cuentos infantiles y los muñecos animados de la televisión, según su éxito, van señalando qué gusta más entre los niños. Algo tienen los esquemas de Pokemón que agradan enormemente el gusto infantil. No deja de ser asombroso que el estilo Manga (http://es.wikipedia.org/wiki/Manga) tenga la acogida que tiene, y no solo en Oriente.

La industria del entretenimiento y del diseño gráfico, con sus lenguajes altamente expresivos, va conociendo, por ensayo y error, las preferencias estéticas, los anhelos y fantasías de los seres humanos. Cabe decir que se está hablando de promedios: siempre habrá una gran masa que disfruta en conjunto de las mismas imágenes, de las mismas narrativas y formas, y una minoría excelsa y refinada difícil de complacer.

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