Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Damian Hirst, una aberración cultural

Una aberración es una desviación de la norma. Muchos aspectos de la cultura se mueven en un campo donde la objetividad y la razón tienen poca injerencia. En particular, los asuntos que están sujetos a variaciones de la moda son más susceptibles de presentar grandes desviaciones; así ocurre con el vestuario, los automóviles, las formas arquitectónicas, el uso de ciertas expresiones, los juguetes, los adornos, los accesorios, las formas que adoptan las ceremonias.

Un simple acto que tiene éxito, que llama la atención, puede generar una tendencia (el chiste de Duchamp con el orinal). La habituación va creando en los individuos un nivel de expectativa, que para superarlo hay que ir en escalada, aumentando las características del acto hasta que haya saturación o la misma cultura invente una forma de reversa.

Desviarse de la norma no es necesariamente malo. Cuando la relación costo beneficio se reduce, la desviación deja de ser productiva y ventajosa. En la naturaleza son comunes las aberraciones: atributos llamativos y costosos que aumentan la visibilidad del portador y por ende su vulnerabilidad: cuernos grandes, plumas coloridas, etcétera. Si se mantienen es porque el beneficio es mayor que el costo, casi siempre en éxito reproductivo. Las aberraciones de la cultura también buscan llamar la atención, y a través de ellas, muchas veces, se obtiene aumento de estatus. Sin embargo, a veces el beneficio es grande, pero solo a corto plazo, y entonces el costo puede llegar a ser enorme, incluso aniquilador, y terminar en la extinción del objeto en uso, o de los sujetos y hasta de la cultura.

No son escasos los comportamientos que terminan siendo trampas para la supervivencia del grupo. Ejemplos dramáticos los cuenta Jared Diamond en su libro Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. Por supuesto, él afirma que nunca se debe a un único factor. Pero sin duda, entre los que menciona están el de destruir los recursos de los cuales se depende y las políticas sociales y económicas que se adoptan para modificar a tiempo el curso de los acontecimientos. La competencia por tener más ovejas, entre los grandes jefes escandinavos, en Groenlandia, produjo un agotamiento de los pastos y con ello la extinción por hambre de las poblaciones.

Entre los Incas, nos cuenta Peter Watson, en su libro Ideas. Historia intelectual de la humanidad, la muerte de un gobernante significaba un enorme gasto de recursos para la sociedad. La momificación de los cuerpos, la construcción de palacios, su decoración y la de los utensilios, sumado al sacrificio de concubinas y de esclavos para que sirvieran al emperador en el más allá se convertían en formas de derroche de recursos, tiempo y personas. La inversión puesta en los muertos hacía imposible juntar el capital necesario para que se apoyara cualquier iniciativa individual. Esta tradición impedía el progreso, lo que no ocurría en la misma época en las sociedades europeas.

El potlatch, fiesta que realizaban los indios americanos, en la cual tiraban la casa por la ventana, pues daban a los invitados regalos suntuosos e inclusive llegaban al extremo de destruir sus propiedades para dar muestras de riqueza y capacidad de despilfarro, es otro de estos comportamientos irracionales que giran en torno al aumento de estatus, con la amenaza de la propia destrucción, en este caso del propio patrimonio.

Las desviaciones pueden llegar a ser además de inconvenientes ridículas. Pero somos ciegos a ellas cuando se practican en nuestra propia cultura. Un ejemplo gracioso lo ofreció la moda del zapato que empezó en Cracovia en el siglo 9. Se los llamaba poulaines o crackowes, y consistía en un alargamiento exagerado de la punta. En Italia, en el siglo 16, las puntas llegaron a medir 46 centímetros, por lo cual, para caminar, se hacía necesario tirar y levantar las puntas con un lazo que se amarraba a la pantorrilla o al tobillo. Y ni que decir de las aberraciones en los adornos del cuerpo, en el que caben todas las deformaciones imaginables.

La sicología humana tiene muchas debilidades, por eso caemos fácilmente en comportamientos tan absurdos. Otro ejemplo oportuno lo proporciona Gary Dahl, el inventor de “la piedra mascota”, o Pet Rock. Se trataba de una piedra común y corriente, gris, que se vendía en una caja, acompañada de un manual de instrucciones donde se explicaba lo innecesario: cómo bañarla, llevarla al baño, cuidarla. Las ventas perduraron seis meses, hasta diciembre de 1975, para luego caer estrepitosamente. Así cómo se pusieron de moda las piedra mascota, así de fácilmente pasaron de moda. El caso es que Dahl se volvió millonario: vendió un millón y medio de piedras mascotas. Este es un ejemplo que muestra cómo una idea loca que “cala” puede obligar al público a adquirir un objeto inútil, común e innecesario por completo; algo que uno puede encontrar tirado en su propio jardín.
La lógica del asunto es simple: no me importa qué sentido tiene lo que hago, pero entro en la moda, y si no llamo la atención, en el caso de que la aberración no sirva para competir, al menos no estoy por fuera de la norma.

En el arte, el fenómeno Damian Hirst se puede considerar una aberración como las anteriores. Su trabajo carece de méritos, no es original, no es bello, no tiene un gran poder comunicativo, no es trascendental y no es agradable, pero vende con mayúsculas. Su arte es más que cualquier otra cosa, “moneda contante y sonante”, como lo dice Hari Kunzru en su artículo Damien Hirst and the great art marketheist, del 16 de marzo del 2012, publicado en el periódico The Guardian. Ni siquiera las piezas son fabricadas por la mano del artista. Hirts tiene una empresa, con empleados mal remunerados, que se encargan de todo.

Su trabajo consta de animales metidos en formol –muchas veces partidos a la mitad y otras completos, sin otros atributos adicionales, que podrían muy bien exhibirse sin modificaciones en cualquier Museo de Ciencias Naturales y no despertarían ninguna sospecha–. También ha exhibido vitrinas con frascos de medicamentos, fotos de mariposas, la famosa calavera recubierta de diamantes y los lienzos cubiertos con punticos de colores, que se podrían equiparar con las mascotas piedra.

En enero de este año se realizaron simultáneamente, en las once galerías Gagosian repartidas en las distintas capitales del arte, exposiciones con los lienzos cubiertos de punticos, o pinturas Farmacéuticas, como se las llaman. Cada una va titulada con el nombre de algún medicamento, como Tericina B, Clorhidrato de cocaína, Sulfato de morfina, La toxina botulínica A, y así. Cuando se realizaron las exposiciones simultáneas, aproximadamente mil cuatrocientas de estas pinturas ya habían sido vendidas a personas ricas de todo el mundo. Hoy, los asistentes de Damian Hirst se dedican a cubrir más lienzos con punticos de un milímetro, sin repetir color.

El anterior es un excelente ejemplo de aberración cultural, pues al fin y al cabo hay que pagar, no unos cuantos dólares, como por las piedras mascota, sino entre ochocientos mil y tres millones de dólares por cuadro. Pero todo parece indicar que el juego se mantiene, pues si se posee un pent-house en Nueva York, una casa en París o un apartamento en Londres, y no se tiene una pintura Farmacéutica, no se está en la movida del arte, ni los otros ricos van a pensar que se es un verdadero millonario. ¿Ya tienes tu Hirst? se preguntarán unos millonarios a otros, y es factible que la siguiente pregunta no realizada sea ¿con cuántos puntos, mejor dicho, cuántos dólares pagaste por él?

El pasado cuatro de abril se abrió una retrospectiva de la obra de Hirst en la famosa galería Tate Modern, en Londres. La finalidad quizás sea la de mantener vivo el mecanismo con el que se sostienen las modas sin peso: la visibilidad, la bulla, el márquetin, bendecido por los poderosos. Las galerías, los museos, las casas de subastas y los coleccionistas que ya invirtieron en un Hirst son los más interesados en que no caiga la inversión y los precios se mantengan o suban. Por eso, dos eventos de importancia: las exposiciones en las Gagosian y esta retrospectiva en la Tate Modern fueron programadas tan cerca una de la otra. Por eso, la calavera de diamantes, la obra más cara del arte contemporáneo, la compró el mismo artista con el consorcio al cual pertenece y el aporte de su galería, la White Cube, previendo que no se vendiera y el fracaso pudiera rebajar los precios de sus otras obras.

En estos juegos absurdos, cuando el público se satura, se puede imponer una reversa y todo el montaje se desploma. Los objetos de moda pierden de repente todo su prestigio, e incluso el mismo hecho de poseerlos quita prestigio. Recordemos las porcelanas de Lladró que se usaban hace tiempos: ya no son muestra de elegancia y de riqueza, pues pasaron de moda. Los inversionistas compradores de los cuadros de Hirst a lo mejor están arriesgando mucho, como dice Hari Kunzru en su maravilloso artículo: “Quién sabe cuánto puede durar la especulación antes de que se desvanezcan los punticos de colores”.

 

El artículo apareció en la revista Generación el 15 de abril 2012.

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