Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

La irresponsabilidad de la alcaldesa de Yopal

Los actos humanos comandados por la religiosidad son comunes; incluso, cuando no son convenientes para las apersonas que los ejecutan. Al fin y al cabo, esas personas están convencidas de que tendrán algún tipo de recompensa después de la muerte. Las palabras de la alcaldesa de Yopal no cambian la realidad de esa población, pues sus palabras no tienen un efecto práctico real; pero sin duda, sus palabras sí demuestran una ignorancia imperdonable sobre el país, la ley y sus responsabilidades como gobernante. En un país laico, como es Colombia, ella ha cometido una falta ingenua, un acto reprochable e irresponsable.

En un país mayoritariamente católico, y familiarizado con lo católico, no es tan visible el peligro de acciones como las de Luz Marina Cardozo Solano. Para un católico, sus palabras: “La comunidad de Yopal a través de su gobernante anhela la salvación de su alma y que el Señor Jesucristo more en el corazón de cada habitante de nuestro Municipio”, no irritan a nadie. Pero si en vez de entregar las llaves del Municipio a Jesucristo, se las entregara a Mahoma o a Buda, la población entera estaría lapidándola. Recordemos que en el mundo existen más de 4000 religiones, y por eso en el mundo Occidental se han separado sus mandatos de los del Estado.

Para cualquiera es evidente la inconveniencia de que las creencias religiosas tengan poder legal. Qué tal que tuviéramos que regirnos por la religión personal del gobernante de turno. Suponga el lector que tiene que aceptar, debido a las creencias religiosas del gobernante del momento, uno o varios de estos mandatos:

Que solo se puede comer carne de animal que rumie y tenga al mismo tiempo la pezuña hendida.

Que solo se puede comer carne de peces que tengan aletas y escamas.

Que las mujeres deben cubrirse la cabeza para salir de la casa.

Que es obligatorio pagar diezmos a la Iglesia.

Que debemos adorar a ciertos animales “sagrados” (la especie depende del credo): papiones, langures, ratas…

Que ciertos días tenemos que lavarnos los pies, unos a otros.

Que a los homosexuales activos sexualmente hay que matarlos.

Que hay que modificar los horarios escolares para rezar las oraciones penitenciales, temprano en la mañana, antes del Año Nuevo judío, como ocurre en Israel.

Que las trasfusiones de sangre sean prohibidas.

Que el abuso sexual a menores no sea un delito, “solo un pecado”, como lo creen los testigos de Jehová (según los ancianos o máximas autoridades, por eso no se denuncian los casos).

Que el adulterio, en la mujer, se castigue con la pena de muerte, y esta se ejecute lanzándole piedras a la cabeza.

Y sigue una larga lista de mandatos, absurdos para los no practicantes del respectivo credo.

Todos los mandamientos mencionados están vigentes en distintas religiones del mundo; reglas que no aceptaríamos, simplemente porque no fuimos educados dentro de ellas. Y esa misma lógica hay que aplicarla a la situación de Colombia, porque, aunque no hay muchas religiones distintas aquí, sí hay muchas personas, millones, que no creen en ninguna.

Recordémosle a Luz Marina que vivimos en un país democrático y que el pueblo se gobierna como si fuese laico, aunque haya muchos creyentes. En el mundo occidental se acepta ineluctablemente que la religión no es un elemento constitutivo de la ciudadanía, y no se penaliza a los ciudadanos porque profesen una fe que no sea compartida por la mayoría de sus conciudadanos, o porque no profesen ninguna. No se aceptan normas que resulten de un dictado divino o sobrehumano, pues existen multitud de creencias incompatibles: algunos creen en Mahoma, otros en Vishna, otros en Shiva, otros en Brahma, otros en Jesucristo… Los mismos creyentes aseguran que sus creencias están sustentadas en la fe y en nada más. Y fe es precisamente creer en algo que no se puede demostrar.

Recordémosle a Luz Marina que las disputas teológicas han llevado con frecuencia a sus creyentes a la guerra y a la muerte. En los siglos XVI y XVII, los católicos y los protestantes se mataron unos a otros por cientos de miles. Solamente en la Matanza del Día de San Bartolomé, entre 5.000 y 10.000 protestantes fueron asesinados en menos de veinticuatro horas. En la llamada Cruzada contra los Albigenses, que arrasó con las poblaciones del sur de Francia donde había prosperado la “herejía”, más de cien mil cátaros, famosos por su ascetismo, por su compromiso con el prójimo y por su renuncia a los bienes terrenales, viajaron prematuramente al Cielo. Definitivamente, tratar de regir una población con principios religiosos es antiético.

No cabe duda: lo que Luz Marina Cardozo Solano ha hecho es antidemocrático. El gobierno no puede usar la religión con ningún propósito político o social. El islam, el catolicismo, el protestantismo, el judaísmo…, dependen de creencias que deben ser manejadas de una manera por completo privada e individual, y dentro del mismo grupo, ya que no hay manera de averiguar sus verdades religiosas, ni de convencer sobre estas a los grupos que piensan distinto.

Hacer política imponiendo la propia fe es anticonstitucional: se va en detrimento de la justicia y del respeto al ciudadano. Los temas como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la eutanasia, los anticonceptivos, la educación sexual y el control de la natalidad no deben ser vistos ni decididos bajo una óptica religiosa. De cualquier célula clonada puede salir un ser igual al proveedor de la célula; ni mórula ni feto son considerados seres humanos por la ciencia, así como tampoco ninguna cédula del cuerpo, aunque ella se pueda clonar y sacar un ser perfectamente igual al proveedor; por eso, en el tema del aborto no puede entrar un concepto como el de “alma”, pues es un concepto que solo es válido para  ciertos grupos humanos. Es hora de que los conocimientos científicos sean considerados en estas decisiones, ya que el método científico es el único que permite poner a prueba sus afirmaciones. Tampoco tiene sentido que los calendarios estén regidos por fiestas religiosas, de ningún tipo, aunque haya que acabar con muchos días festivos, o al menos habrá que encontrarles otros porqués.

El costo de regir un país con leyes religiosas puede ser en guerras, en atraso científico y tecnológico, en pobreza y en ignorancia. Por motivos religiosos, hoy, los pobres turcos no podrán aprender en el colegio nada sobre los principios de la evolución, o sea, los principios de la biología, ni oirán mencionar el nombre de Darwin. La democracia debe permitir que los que creen actúen según sus creencias, siempre y cuando no pongan en riesgo la vida, la libertad y el derecho a la felicidad de las otras personas.

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